
No quiero mirarlo y sin embargo, mis ojos se escapan hacia él. Hay una gran verdad en ese proverbio que dice que "sólo hay belleza en los ojos de quien la mira". El rostro aceitunado, sus cejas hirsutas, la boca enérgica y los ojos quizá demasiado profundos no se adecuaban demasiado a los cánones preconcebidos de la hermosura, pero sin embargo aparecían mas bellos ante mis ojos. Se me mostraba tan hermoso que mis sentimientos se veían encadenados a él aunque no lo quisiera.
Nunca tuve la pretensión de quererlo; mas aún, luché siempre para desterrar de mi alma el amor que me inspiraba y, sin embargo, bastaba que apareciera ante mí para que desbordara de nuevo.
